Escribimos y leemos desde el asombro. Si no es así, mejor mirar para otro lado. Dedicar nuestro tiempo a otra cosa. Empezar el día con el manual de instrucciones en la mano. No dejar nada a la incertidumbre, al viento que arrasa lo que pisamos, a lo que nadie sabe qué demonios pasará mañana. Vivir en la seguridad de que el destino es lo único que mueve las montañas. Necesitamos certezas, el elixir mágico para juntar multitudes en la plaza pública, la mezcla de potingues que nos abra a una realidad que siempre será, como una puñalada por la espalda, una realidad creada a imagen y semejanza de la superchería. La escritura de la que yo venía no era ésa, no era la de la impostura, ni la que te ofrecía abrigo seguro para pasar los fríos del invierno. También aprendí a leer desde esa a veces insoportable crudeza del hielo cubriendo el alma de los pueblos.
Leía lo que me caía en las manos. Sin ningún criterio. No había libros en casa. No había ni un solo libro en las casas familiares en las que fuimos viviendo cuando la infancia y la adolescencia. Bastante se hacía en casa para aliviar el hambre. Trabajábamos mi hermano y yo todas las noches en el horno de pan, con mi padre y mi madre de oficiantes mayores en las noches de leña y losa refractaria, en las mañanas tomadas por la urgencia de llevar desde el mostrador la pieza más grande para que en el monte o la fábrica no flaquearan las fuerzas de una supervivencia difícil, a veces imposible. En aquellas noches sólo se escuchaban el silencio, el runrún de la amasadora y el crepitar de la pinocha en la bóveda enladrillada del horno moruno. Mi padre nos contaba historias de cuando él hacía teatro en Gestalgar, nuestro pueblo, de cómo una vez, en el Tenorio, él hacía de don Juan y le pegó un espadazo a Matías y Matías, que era Luis Mejía, se cayó al suelo del tablado y se quedó medio dentro y medio fuera cuando bajaron el telón al final de la representación. El teatro había sido su vida. Nunca nos contaba a Claudio y a mí nada de la guerra. Y en 1992 se murió de repente sin contarnos nada de aquel tiempo perdido en el olvido. Veinte años después descubrí unos papeles en casa y luego en los archivos militares de València que contaban la vida que nunca nos había contado. Su anarquismo casi adolescente, una pistola en las noches revolucionarias tras el golpe de Estado fascista de 1936, doce años de cárcel por auxilio a la rebelión y por el atraco que hizo una noche en una casa de prestamistas para robar los pagarés y que nadie tuviera que devolver el dinero. Nada de su vida de antes, salvo la del teatro, fue un relato en la boca de un hombre que se pasó la vida muerto de miedo. Aquellas noches del horno que viví de los nueve a los treinta años fueron, sin que entonces lo supiera, como ese verso de Pessoa que siempre llevo conmigo: “brisa de paisajes imaginados…”. Ahí el aire de lo que inventamos. Ahí los comienzos de una escritura que nunca abandonó lo real a la hora de contar una historia. Ninguna de esas historias hubiera sido pública sin la ayuda de Miguel Riera y Elisa-Núria Cabot. Ninguna de aquellas viejas historias que mi padre nos contó y ninguna de las que tuve que conocer después de su muerte hubieran llegado a las librerías si un día un amigo no les hubiera hecho llegar lo que habría de ser mi primer libro publicado: De vampiros y otros asuntos amorosos1. Ahí empezó todo.
El escenario: un café al final de las Ramblas. Sí, en Barcelona. El Zurich, muy posiblemente. Creo que era la primera vez que visitaba esa ciudad. La fecha exacta, a saber. Pero sí la aproximada: después del verano de 1983. Ahí los tres: Miguel, Elisa-Núria y yo mismo. No sé si he vivido un día igual: publicar en la editorial Montesinos era el no va más. Leía sus libros, la revista Quimera, El Viejo Topo. Me hacía fichas con los textos de Quimera y encuadernaba sus ejemplares, y los del Topo. Y ahí saldría mi primer libro. Nada menos que en Montesinos. Nada menos. Tengo enmarcado el ejemplar de Quimera en que mi retrato ocupa toda la contraportada. El motivo: la aparición de De vampiros y otros asuntos amorosos. Me daba un poco de vergüenza. Pero también sentía algo que se parecía al orgullo. Entre medias, entre el día en que llegó a la editorial el manuscrito de mi novela y el de su publicación, recibiría la mejor lección literaria que he recibido nunca. Sonó el teléfono. Era Miguel Riera. Me preguntó qué me parecía el texto que habían escrito para la contraportada. Lo leyó. Y me quedé a cuadros. Pensaba que se habían equivocado de libro. Mi gozo en un pozo. Yo pensaba que había escrito un libro lleno de ironía y en lo que acababa de escuchar había de todo menos ironía. “Tela de araña cuyos hilos serían sexo, sangre, amor y desesperanza, este texto alcanza cotas de belleza y hondura por completo inusuales en nuestra prosa contemporánea”: quería morirme. Le pregunté si de verdad se trataba de mi libro. Y me quedé tranquilo cuando un Miguel sorprendido por mi pregunta dijo que sí. Aún pude preguntarle si no le parecía el título una miaja raro, si no parecía más adecuado, por ejemplo, para un libro de filosofía. La respuesta fue implacable: cambia el libro si quieres, pero no el título. Ese doble aprendizaje: un texto sugiere interpretaciones infinitas, tantas como ojos lo miran, y tal vez sea el título lo más importante para encabezar el relato de una historia. Adelante, pues, con los faroles. En julio de 1984 salieron a la calle mis vampiros. Cuarenta años ya han pasado desde entonces. Y más de cuarenta desde aquella tarde en el café Zurich de Barcelona en que Miguel, Elisa-Núria y yo mismo cruzábamos nuestra particular e insobornable línea de sombra hacia esa lealtad que nunca nos ha abandonado. Ni nosotros a ella.
Ya no sé cuántos libros hemos publicado juntos. Un día me dijo Miguel que una editorial nunca apuesta por el libro de un autor, sino por el autor. Y hablaba de mí, de un tipo que creció sin libros en casa y que había leído hasta la saciedad lo que le caía en las manos sin que nadie le dijera si Tolstoi o William Faulkner eran mejores que Silver Kane, George H. White o Marcial Lafuente Estefanía. Para mí, sin ninguna duda, eran mejores Silver Kane, George H. White y Marcial Lafuente Estefanía. Ellos escribían las novelitas del Oeste, del FBI y de Ciencia-Ficción en las que aprendí a leer y sobre todo a amar la literatura casi por encima de todas las cosas. Y de paso, con esa apuesta por el autor que me dijo Miguel, estaba pensando, generosamente, en lo que yo pudiera dar de sí en el mundo editorial. El mundo editorial. Qué sabía yo entonces del mundo editorial. Nada. Ahora ya sé mucho. Casi todo. O todo. Una jungla llena de bestias depredadoras. Dentelladas. Navajazos al corazón de la escritura. Opas hostiles. La literatura sólo mercancía. Llenar los escaparates de las librerías, aunque sea de mierda. Y si es de mierda, mejor para el negocio editorial. Conseguir que en esas librerías un libro dure tres o cuatro días y se devuelva porque una librería no es el estadio de Maracaná. Acumulación de beneficios. Dos grupos editoriales se reparten el pastel en España: Planeta y Random House. En el otro lado, en el lado de acá, como diría Cortázar: la resistencia. La necesidad de acotar un espacio de dignidad para una literatura que no sea una trampa. Ese día, en el viejo café donde comienzan las Ramblas, supe que mi vida literaria –si Miguel y Elisa-Núria querían– iba a estar ligada para siempre a Montesinos. Y así ha sido. Hemos duplicado en nuestra relación el tango de Gardel y Alfredo Le Pera. Si veinte años no es nada, aún lo será menos la friolera de cuarenta.
Escribir es para mí construir espacios en que ocupe el lugar más destacado lo común. Eso hoy tan a reivindicar para enfrentarnos a un capitalismo mafioso que todo lo considera de uno en uno, que excluye lo colectivo, que destroza los afectos y encumbra en el mapa de valores incontestables el odio a la fragilidad y los monumentos al dinero. “Ser uno es no tener nada”, escribe Juan Gelman en un poema. Desde aquella tarde barcelonesa de hace cuarenta años, Miguel, Elisa-Núria y yo mismo vivimos precisamente esa vida a la que nunca hemos renunciado ni renunciaremos: la vida en que por encima de todo descubrimos que querernos como nos queremos es el mejor cimiento desde el que levantar una vida que no nos avergüence, ni a nosotros ni a quienes nos viven de cerca y tampoco se creen los cuentos chinos de un mundo en que todo tiene el valor a que nos someten los dueños de ese capitalismo criminal que es el Ibex 35.
La vida y los libros nos abren al asombro. Así empezaba este regreso al tiempo en que Miguel, Elisa-Núria y yo nos conocimos. Nunca vamos a abandonar, por más que pasen los días y los siglos, aquella antigua posibilidad de ilusionarnos, como escribía Pessoa sobre ese aire mágico por donde vuela en libertad absoluta la imaginación. Han pasado cuarenta años desde entonces. Y muchos libros que no sólo publiqué gracias a su generosidad y su amor por la literatura, sino que los escribí con ellos, con su insobornable complicidad y la más hermosa de las compañías. Nunca Miguel y Elisa-Núria han sido mis editores, sino parte imprescindible de mi familia. Y lo van a seguir siendo así que pasen, arrasando el calendario, el tango de Gardel y tantos libros como caben en el estadio brasileño de Maracaná. Y saco aquí el estadio de Maracaná porque en un tiempo de mi vida me dediqué a jugar al fútbol. En ese estadio, cuando el Campeonato Mundial de 1950, un futbolista del Athletic de Bilbao, Telmo Zarraonandía, al que llamaban Zarra, marcó con la selección española un gol histórico, un golazo de los que ya no se estilan. De aquella victoria contra la selección de Inglaterra se aprovechó la dictadura franquista para convertir el gol de Zarra en motivo de orgullo patriótico. Todo lo aprovechaba el franquismo para cantar las excelencias de un régimen anclado en la obscenidad y una crueldad sin parangón en la historia de la infamia contemporánea. Por eso, la imagen de llenar con libros el estadio de Maracaná es como hacer justicia, y no sólo poética, a un futbolista vasco de cuando yo acababa de nacer. Y, sobre todo, esa imagen es la que nos junta a Miguel Riera, Elisa-Núria Cabot y a mí mismo en un territorio que no tiene límites: esa lealtad de la que hablaba antes y con la que me gusta abrir este día que nos junta en Brest a vosotros conmigo y con mis libros. Un día que, como el gol de Zarra en Maracaná y aquella lejana tarde en un café de Barcelona, no voy a olvidar nunca. Gracias…
[1] Alfons CERVERA, De vampiros y otros asuntos amorosos, Barcelona, Montesinos, 1984.
[1] Alfons CERVERA, De vampiros y otros asuntos amorosos, Barcelona, Montesinos, 1984.
Resumen
Este texto es el de la conferencia inaugural que pronunció el autor para abrir la jornada de estudio “Literatura y memoria. Nuevas investigaciones sobre la obra de Alfons Cervera” que le era dedicada el 23 de febrero de 2024 en la Universidad de Bretaña Occidental (Brest).
Résumé
Ce texte est celui de la conférence inaugurale prononcée par l’auteur lors de l’ouverture de la journée d’étude « Littérature et mémoire. Nouvelles recherches sur l’œuvre d’Alfons Cervera » qui lui était consacrée le 23 février 2024 à l’Université de Bretagne Occidentale (Brest).
1984-2024. Cuarenta años de una lealtad insobornable
Alfons CERVERA
CERVERA, Alfons, De vampiros y otros asuntos amorosos, Barcelona, Montesinos, 1984.